
Ya estamos en Semana Santa, es momento de cuaresma, de penitencia, de engalanadas procesiones, de peinetas, de torrijas y pestiños, de saetas y sevillanas a la lumbre de las candilejas de la Señora virgen que porta al niño Jesús en los brazos. Es momento de lucir los trajes más caros para demostrar una vez más el poderío de nuestra familia, de nuestra firma o de nuestra hermandad, es momento de creer, de lucir, de llorar, de pasear al son de unos músicos que tiñen las calles de música, de cumplir cientos de penitencias que te arrastran descalzos por las calles del martirio; ineludibles reacciones por nuestra pedigüeña actitud. Es momento de salir a la calle y gastar lo indecible por no se sabe bien qué motivo. Es el momento de todos los poderosos y todos los pudientes que se visten de hermanos para gritar a los cuatro vientos que tienen las arcas bien llenas, pero están con dios cuando hay que estarlo. Es momento de llorar porque la lluvia no ha dejado salir la imagen de un dios, que nada ha hecho para evitarlo. Es el momento de la oración, aunque hayan a tu alrededor cuatro millones de parados que pierden sus casas y sus ilusiones a cada paso que tú das con tu cetro de Pilatos.
Me gusta la Semana Santa, pero que no me la vendan como un acto religioso. Me gustan las costumbres de unas tierras milenarias, pero que no me hagan venerar al dios de los ricos. Me gusta pasear por las calles de Sevilla oliendo a azahar y jazmín, pero que no me lo vendan como Agua de Sevilla. Me gusta el arte en cualquiera de sus vertientes, pero que no me lo vendan como algo en lo que creer y seguir ciegamente, porque cuando el placer se convierte en algo rutinario deja de tener verdad. Me gusta que las paredes del barrio de Santa Cruz rezuman frescor y alegría, pero que no me lo conviertan en el paseo obligado de turistas que no respetan las leyes que cobijan las leyendas vivas.
La Semana Santa, como la Feria o cualquier acontecimiento popular, es para las personas que pueden disfrutar de ella. Pero la iglesia, siempre interesada y siempre manipuladora, nos hizo creer que esta es una fiesta para todos, porque el dios del hombre se hace hombre a través de unas esculturas que bailan a ras del populacho. Como dijo en una ocasión mi correligionario Antonio Gala; no sabemos bien si el hombre venera al becerro de oro, o al oro del becerro.